Dulces y Sobornos


Probé el Almond Joy en uno de estos paquetes. ¡Que delicia!

Me he convertido en un maestro del soborno, y lo peor, solo logro que las cosas funcionen cuando estiro un chocolate a través del salón de clases. Es que mis estudiantes, jóvenes impulsivos, demasiado enérgicos y hormonales, solo aprenden mis lecciones cuando los compro con chocolates y dulces.


Los estudiantes a los que enseño ahora son muy diferentes a los que tenía en Puerto Rico. Acá, en Georgia, mis estudiantes tienen trece años y la mayoría parecen mayores que yo. Siempre me he preguntado el porqué, y es que los estudiantes de escuelas privadas envejecen con mayor lentitud que los de escuela pública. No conozco las razones, ojalá alguien lo estudiara. Por mi parte, considero que el estrés es la causa fundamental por la que los estudiantes del sector público adquieren la madurez física en un periodo más corto que aquellos de escuelas privadas.


Ahora bien, tengo otra diferencia y es esta la que me obligó a comprar a mis alumnos con dulces. Donde trabajo tengo estudiantes que a veces usan los elásticos de las bragas como ligas para el cabello y no tienen dinero para comprar los materiales más básicos. Una de mis estudiantes casi llora cuando le regalé un paquete de crayones, sabiendo que su mamá no podía costearlos. Aunque hay otros que pueden tener celulares costosos y audífonos más caros que el contenido de sus mochilas, la mayoría vive en escases. Para la población en general, una pieza de chocolate es un mangar… un lujo. Así que cuando asomo el envase trasparente lleno de dulces, todos sonríen y levantan la mano con ansias de hablar en español.


No me interesa si es poco convencional o débil de mi parte. Con dulces logro que niños estadounidenses, tailandeses, chinos, vietnamitas y jamaiquinos aprendan español. Luego me enojo con ellos cuando no prestan atención y me sobornan despidiéndose de mí al decir, en perfecto español: “Adiós, señor Serrano”.

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